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Compliance y Nuevo Orden Mundial

22 de octubre de 2026 · Miguel Avilés Palacios

Miguel Avilés Palacios: Es Socio director en Law and Corporate. Vicepresidente de APEGRI

Un cambio de época, no una acumulación de normas

Hablar de un «nuevo orden mundial» no significa necesariamente que exista un plan único y coordinado para reorganizar el planeta. Es una expresión útil para describir una transición estructural: el sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado después de la Guerra Fría está dando paso a un escenario más multipolar, competitivo y fragmentado. El “nuevo orden mundial” no debe entenderse únicamente como un reajuste entre potencias. Para la empresa significa operar en un entorno donde sanciones, aranceles, controles tecnológicos, ciberamenazas y restricciones sobre terceros pueden alterar en poco tiempo una cadena de suministro, un mercado o una relación financiera. Las relaciones económicas ya no se consideran únicamente desde la eficiencia o el libre comercio. Ahora también cuentan la seguridad de las cadenas de suministro, el acceso a semiconductores y tecnologías avanzadas, la energía y las materias primas críticas, las sanciones económicas, los aranceles y controles de exportación y la soberanía digital y el control de los datos. La geopolítica entra así en el mapa de riesgos corporativo y obliga a mirar más allá del cumplimiento formal: importa quién controla realmente a un proveedor, de dónde proceden los datos, qué dependencias tecnológicas existen y cómo puede demostrarse una decisión ante una autoridad, un cliente o el consejo de administración.

La consecuencia es profunda. Antes, el Compliance tendía a responder a una pregunta relativamente estable: “¿Está permitido?”. Ahora debe responder también a otras: “¿Es sostenible?”, “¿Podremos explicarlo?”, “¿Qué ocurrirá si cambia la jurisdicción, falla el proveedor o el algoritmo discrimina?”. Cumplir ya no consiste solo en conocer reglas. Consiste en gobernar incertidumbre.

La cadena que crea confianza

La presentación de partida resume bien esta evolución mediante una secuencia sencilla: normas, controles, decisiones y confianza. La norma fija el límite; el control convierte ese límite en una práctica verificable; la decisión aplica el criterio al caso concreto; y la confianza aparece cuando la organización puede demostrar que actuó de manera coherente. Si se rompe un eslabón, el sistema se vuelve aparente: puede haber políticas sin ejecución, controles sin propósito o decisiones sin evidencia.

Europa como laboratorio de convergencia. Se habla de un nuevo orden mundial porque están cambiando simultáneamente la distribución del poder, las reglas económicas, la tecnología, la seguridad y las alianzas. No existe todavía un orden nuevo plenamente definido. Hay, más bien, una lucha por determinar quién establece las normas y controla las capacidades estratégicas. La Unión Europea tiene tres alternativas: ser objeto de la rivalidad entre otras potencias, limitarse a regularla o convertirse en un actor capaz de influir en su resultado.

En síntesis, la cuestión decisiva no es si Europa debe elegir entre Estados Unidos y China, sino si será capaz de actuar con unidad, proteger sus intereses y conservar su modelo político y social en un mundo más competitivo. El Reglamento de Inteligencia Artificial, DORA y NIS2 ilustran el cambio de escala. No son compartimentos aislados: conectan gobierno tecnológico, gestión del riesgo, ciberseguridad, continuidad, incidentes y terceros. DORA, por ejemplo, busca que las entidades financieras puedan resistir, responder y recuperarse ante perturbaciones TIC. La dificultad práctica ya no es “cumplir una norma”, sino ordenar obligaciones que se superponen y producir una evidencia común que sea útil para gestión, auditoría y supervisión.

Esto exige abandonar el modelo de silos. Privacidad, ciberseguridad, prevención del blanqueo, sanciones, continuidad, compras y gobernanza de datos deben compartir lenguaje, inventarios, criterios de criticidad y circuitos de escalado. La madurez no se mide por el número de políticas, sino por la capacidad de relacionar riesgos, controles, responsables, evidencias e incidentes.

La inteligencia artificial: herramienta y objeto de Compliance. La inteligencia artificial amplía la capacidad de revisar operaciones, detectar anomalías, priorizar alertas y acelerar la diligencia debida. Pero también introduce opacidad, sesgos, fugas de datos, dependencia de proveedores, errores de clasificación y dificultades de explicación. Por eso la pregunta relevante no es si la organización “usa IA”, sino cómo la gobierna: qué datos alimentan el sistema, quién valida su resultado, cuándo interviene una persona, cómo se documentan los cambios y qué mecanismo corrige el daño si el modelo falla.

La paradoja es clara: cuanto más potente es la automatización, más importante resulta la responsabilidad humana. La IA puede proponer, clasificar o alertar; no puede absorber por sí sola la responsabilidad institucional. El buen Compliance evita tanto el rechazo defensivo de la tecnología como la delegación ciega en ella.

Cinco capacidades para una organización madura

  1. Integrar. Un solo mapa para sanciones, AML, IA, privacidad, ciberseguridad, continuidad y terceros.

  2. Priorizar. Asignar recursos según probabilidad, impacto, velocidad y capacidad de recuperación.

  3. Evidenciar. Diseñar controles que dejen trazabilidad suficiente para explicar qué se hizo y por qué.

  4. Gobernar la IA. Mantener inventario, supervisión humana, calidad de datos, explicabilidad y rendición de cuentas.

  5. Anticipar. Leer geopolítica y regulación como variables del negocio, no como noticias externas.

Conclusión: licencia para seguir operando

En el nuevo orden mundial, el Compliance no compite con el negocio. Protege la posibilidad misma de hacer negocio cuando las reglas divergen, la tecnología acelera y la confianza escasea. Su misión más valiosa no es evitar toda incertidumbre, algo imposible, sino convertirla en decisiones conscientes, documentadas y revisables. Ya no basta con comprobar normas y controles, sino que hay que interpretar riesgos, anticipar impactos y proteger la legitimidad de la organización. La organización que lo entienda no tendrá simplemente un programa de cumplimiento: tendrá una infraestructura de confianza capaz de sostener legitimidad y resiliencia cuando el entorno cambie.